miércoles, 22 de mayo de 2013

Rabo de Nube

Me falta un poco de Neruda para poder encontrar la palabra ideal, aquella palabra que fue esculpida para nombrar el objeto, para dar cuenta del sentimiento; para cantar con monotonía la dulzura de las formas y el milagro del pan recién horneado. Me hace falta su frente despejada, sus pipas y boinas, para poder recibir al amigo con el rostro pensativo y la sonrisa presta a aparecerse. Si tan solo supiese callarme un poco para que el mundo se abriese ante mí en cada girón de viento, en cada brizna de pasto, en el sol chispeante de las mañanas, en el sol eterno de un atardecer de cinco minutos; si tan solo pudiese apreciar el valor absoluto del papel blanco al dejar la escritura.


















Pero así como atisbo la grandeza de lo simple y lo vano de los tronos, el golpe de cada ola y el aleteo de cada ave se me ven lejanos: al alcance de mis dedos, pero inasibles, intangibles a mis palabras principiantes, increiblemente oníricos, como si fuesen rabos de nube que quisiera abrazar. Cada pequeño rabo de nube es un universo por si solo, y yo soy solo un hombre incapaz de recorrer a pié tantos kilómetros de maravilla.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

lunes, 13 de mayo de 2013

Sombra a las tres de la tarde

Hacía frío ese día. Las nubes cubrían el cielo con una capa grisácea y uniforme, y el viento recorría incesante los callejones de la ciudad, ahuyentando a todos quienes se atrevieran a abandonar sus casas.
Envuelta en la luz que tenuemente inundaba su habitación, Beatriz se colocó un cigarro en la boca y lo prendió con el encendedor que había comprado la semana anterior. Pronto se halló sumergida en una cortina de humo que ocultaba las heridas de sus muñecas y que no le permitía ver las farolas en la calle bajo su ventana. No dejaba de asombrarse por su falta de asombro ante la vida, su sumisión ante los golpes de su marido, su incapacidad para negarse a las torturas retorcidas y cotidianas de Román. Beatriz sentía repulsión hacia Román, pero mayor era la repulsión que se tenía a si misma.
Ella fumaba compulsivamente, comía poco, y solía vestirse sólo para tapar su piel magullada. Rara vez sonreía y miraba a las parejas que caminaban por la calle con una mezcla de desprecio y envidia. No soportaba ver cómo andaban alegremente por las veredas, menos aún los cortejos amorosos de esos hombres tan despiadados que solo buscaban una forma de destrozar la vida de esas mujeres, condenadas a la miseria del juego circular del engaño. Ella se lamentaba por todas ellas, porque no sabían de la soledad futura y se juraban dichosas. "Pobres ilusas" solía decir para sus adentros.
Beatriz buscó con la mirada la torre del reloj, un edificio que sobresalía por entre los techos mojados con un característico resplandor de ladrillo rojizo. Las tres de la tarde.
Se pasea con nerviosismo en torno a la mesa del comedor, se siente perseguida por el fantasma de sus recuerdos. "Oh, cómo insistes en joderme el día" masculla. "¡Oh, vete, solo quieres destruirme, romperme y quebrarme! ¡Vete!". Y obediente como siempre, el fantasma se retiraba a algún rincón oscuro de su mente, esperando por un momento de mayor debilidad. Beatriz continúa su paseo sin rumbo dentro de la casa, buscando alguna distracción, con tal de no reconocer ese deseo de escapar de Román, de gritarle a Román, de quemar, de matar a Román.
Cuando despertó de la sombra, desorientada, reconoció su casa en un estado lamentable, fragmentos de cristal y cerámica repartidos sin ton ni son por toda la habitación matrimonial. Beatriz empezó a limpiar, maldiciendo a regañadientes "puta madre" cada vez que sentía el tacto helado de lo que había sido un jarrón o un vaso. "Cada día quedan menos platos en esta casa, tendré que salir a comprar", se dijo a si misma. "Pero no hoy". No se atrevió entonces a salir de su casa, porque ella sabía que si salía en un día tan oscuro como ese, sabía, y lo sabía bien, no volvería.
Su mente divagaba entre el pensamiento mecánico de quien limpia los desastres de una familia resquebrajada y la demencia de los condenados a una muerte lenta y terrible. ¿Cuántos años llevaba ya de agonía? Beatriz no lo sabía, había perdido la cuenta después de las primeras golpizas y violaciones. "Ay, Román, mi dulce Román, ¿a donde te fuiste? ¿Por qué me dejaste con ese hombre sin piel ni nombre que insiste en que es Román? ¿Cuando volverás por mi?"
En el momento en que formuló esa pregunta, se pudo escuchar el sonido de unas llaves abriendo la puerta principal. Beatriz sintió una bala en su corazón y un eclipse en su pensamiento. Román había vuelto.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

miércoles, 8 de mayo de 2013

Caoba


Una alarma natural, a causa de los gritos coléricos de los habitantes de la vieja casona me despierta en la alteración del latido de mi corazón cansado de tanta sorpresa, de tanto pánico. Salgo de la cama y me cubro con una bata para no exaltar a las tías viejas, puritanas pero a la vez tan falocéntricas, que entre cahuines y cuchicheo desnudan a todos los asistentes a la gran mesa de la residencia. Se espantan, se calientan, sueñan con que una noche un residente, de los mas jovencitos, recién llegados de rincones desesperanzados de esta tierra, se metan en sus camas, y como perros salvajes se las culeen sin pedir permiso, sin saludar. Que las hagan sentirse deseadas, que les toquen las tetas hasta hacerlas sentirse mujeres, mujeres en su expresión prototípica, y no las viejas beatificadas y de aspecto asexuado e inhumano en que las han convertido los años, privándolas de su cabello, de su feminidad al dejar sus pechos ceder al grado de perder su aspecto protuberante que tantos años atrás las llenaba de pretendientes.
Bajé la escalera como descendiendo a un peor infierno dentro de pesadillas de Alighieri, el grito de hierro de aquella vieja tetera testigo de incontables infusiones y conversaciones mal intencionadas da un aspecto mas tétrico al infernal panorama matutino. Preparo Té negro que con su ardiente vapor hace arder mis ojos, me despierta con su dolor, como cientos de alfileres clavándose en mis pupilas y procuro a sentarme en esa inmensa mesa de madera, caoba.
La silla rechina en su alarido, dejo sobre la mesa la taza ardiente que quema mis dedos muertos, los despierta de su sueño criogénico causado por el frió de la gran casa.
La dueña ya esta vieja, carece de fuerza como para cargar leña, su enviudez la ha dejado sin un compañero respectivo para que la ayude en dicha tarea y con un rostro miserable, enormes ojeras bajo sus ojos, de una mujer que lloro demasiado para generar tal hinchazón, o tal vez no lo suficiente como para cargar bajo sus ojos la acumulación de lagrimas pendientes esperando una fecha importante. De negro tiñó sus vestidos, su bata, su camisón de dormir y probablemente hasta sus calzones que ocultan la reseca ausencia de un amante.
La señora Prudencia a pesar de sentarse a diario a desayunar con los inquilinos cada mañana, come poco, tal vez nada, nadie le ha prestado atención a tal detalle pues la ultima vez que le dirigió la palabra a cada quien fue el día de su llegada a la residencial. A quien a veces habla es a mi, aunque siempre en privado y en un base al susurro y cuchicheo, quien como una epifanía se dirige a mi de manera ocasional, cuando la situación lo requiere en su gravedad.
La miro de reojo desde mi asiento, ella sentada en la cabecera de la mesa como siempre, dando a entender quien es la dueña del lugar, quien impone su ley divina bajo las cuatro paredes de madera que poco impiden el paso de los vientos punzantes del invierno. Se nota inquieta, perturbada, con la mirada perdida y un rostro palidecido, algo la perturba, y sé que luego en la cocina, cuando me dirija a lavar mi taza, me lo mencionara al oído.
Autor: Fernando Hormazabal

jueves, 2 de mayo de 2013

Vo Eliundo

Quisiera poder hacerme bolita y rodar por las calles enlluviecidas,
Alejarme de las noches desmantelantes y de las luces envanecidas,
Sostener la mano de la amiga y llorar,
Sostener la mirada en la noche y cantar.
Quisiera soltar mi vida y llegar más allá del fin del mundo,
En donde tu voz me acunaría bajo un verso único: "Vo Eliundo"

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

lunes, 22 de abril de 2013

Recopilación de "Historias Erráticas de Gente Promedio, Harry Steinberg Dawson"

La historia de Harry está escrita en varios capítulos publicados el año pasado en este mismo blog, los cuales están sueltos dentro del mismo. Siempre he creído que ésta es una obra genial, me cautivó desde el principio, y me gustaría poder compartirla con la mayor cantidad de gente posible.

Los capítulos se encuentran en desorden a propósito, según la voluntad del autor, Benjamín Cruz. Por favor, léanlos en el orden en que los presento a continuación.

Capítulo 4: http://lavidanacedemi.blogspot.com/2012/06/historias-erraticas-de-gente.html
Capítulo 2: http://lavidanacedemi.blogspot.com/2012/06/harry-steinberg-dawson-pt2.html
Capítulo 5: http://lavidanacedemi.blogspot.com/2012/07/harry-steinberg-dawson-pt-5.html
Capítulo 3: http://lavidanacedemi.blogspot.com/2012/07/harry-steinberg-dawson-pt-3.html
Capítulo 1: http://lavidanacedemi.blogspot.com/2012/09/harry-steinberg-dawson-pt1.html
Capítulo 6 y final: Aún no ha sido publicado

Un saludo: Felipe Guzmán B.

domingo, 21 de abril de 2013

Soltar todo y largarse

Me dijiste que querías dejar de sentir, quitarte las cadenas del corazón y volar. 
Pero las estrellas están muy lejos de tus manos, y el invierno no abandona tu alma. 
Me hubiera gustado ayudarte, pero lo que mejor sé hacer es sentir.


Autor: Felipe Guzmán B.

domingo, 7 de abril de 2013

Una mancha de pintura en un cuadro muy grande

El viento bajaba por la calle, remeciendo los paraguas mojados y los árboles deshojados. El joven se había sentado en los escalones de entrada de un edificio antiguo, y miraba a los hombres y mujeres pasar con lentitud frente a él. Las nubes emitían un resplandor tenue y gris, mientras las gotas de lluvia se confundían con sus lágrimas. Se había sacado el abrigo, y el frío lo envolvía con una suavidad estremecedora. Nadie parecía percatarse de su presencia, y el se sentía como una mancha de pintura en un cuadro muy grande.
Los truenos empezaron a retumbar en los vidrios de la ciudad, y los corazones de todos en ella daban vuelcos con cada estruendo. Al sexto estallido de electricidad, el joven se levantó con fuerza y empezó a correr apresurado, mientras el granizo le perforaba la piel. Parecía que estaba persiguiendo un sueño que estaba por desvanecerse. Corrió por entre callejones y edificios en mal estado, veredas y calles de adoquines. Su cabeza estaba latiendo con señales de fiebre, y su corazón amenazaba con resquebrajarse. Era paradójico que alguien tan frágil y destrozado pudiese correr con tanta energía y vitalidad. Al cabo de unos minutos, se detuvo frente a una plaza vacía, y ahí pudo sentir esa soledad que habitaba en él. Pero un punto luminiscente se encendió en su mente cuando vio unas manos blancas sosteniendo un paraguas negro. Había una joven de pie, quieta, mirándolo fijamente desde el centro de la plaza. Él la reconoció, y las lágrimas y el dolor, el pesar dentro de su cuerpo se apagaron, como si el tiempo hubiera desaparecido. El joven le sonrió, y le extendió la mano. Ella dio media vuelta, y se alejó de él, mientras se adentraba en la niebla de Junio. Él todavía la recordaba, pero ella se había olvidado de el hace años.


Autor: Felipe Guzmán B.