jueves, 26 de septiembre de 2013

¡Brasil do Meu Amor!

¡Ah, los Brasileños!
¡Ese pueblo musical, Hermanos de las olas,
Los Amantes del Sol del Atlántico!
¡Hijos de Corcel Salvaje y de la Samba!
¡Gente indomable
De sonrisa amplia y Alegría Inigualable!

¡Ah, la Tierra de Brasil!
¡La Madre de mi Brasil!
¡Patrona del Verde y el Festejo,
De la Luna y el Verano Eterno!
¡Tierra de Ensueño,
Tierra  de Maravillas y Dioses!

¡Ah, lo que daría por nacer Brasileño...!

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

sábado, 14 de septiembre de 2013

Canción de Invierno

La montaña es más negra de noche que de día, porque en esas horas tardías te recuerda en vela y en trasnoche: Con esta tristeza de invierno, con esa mirada de frío, con esos labios de escarcha, con ese resotro vacío. 
¿Qué se hace entonces entre tanta oscuridad? ¿Qué se puede hacer si es que el sueño es soledad? Cuando tus manos están lejos y en mi mente tu voz no puedo callar, no queda otra opción, no puedo hacer más que llorar.
Ese llanto es el viento, mi sollozo es el río que baja desde lo alto. Mis lágrimas son las nubes que con llover inician mi canto. Si tu sombra me pesa en el alma y tu nombre en lo hondo me aterra, entonces sabré que ha llegado la nieve a esta tierra.




Autor: Felipe Guzmán Bejarano

martes, 27 de agosto de 2013

Interrogante Amargada.

¿Dónde quedo yo cuando se rompe el paradigma?
¿Era una prueba?
 ¿Un experimento?
¿Dónde quedé yo cuando terminó todo?
 Me pregunto.
 Me pregunto si será en tus sueños.
 Me pregunto si será en tus ojos.
Era como la palabra que sale de tu boca,
Que queda en el recuerdo para siempre,
Por ser palabra y vida,
Pero abandona el cuerpo a penas el nuevo aire roza tus labios.
Quizás me convertí en tiempo,
La pausa en el momento que quedaba cuando me mirabas,
La tensión irrompible de un alma embellecida,
El segundo en que tu te preguntabas si era de verdad
Y yo me preguntaba si sería para siempre.
Quizás en verdad fue el suspiro,
No más palabra sino corriente,
Que emana del cuerpo exaltado,
Emoción que abandona las caricias
Y se convierte en viva memoria de la intimidad
¿Dónde quedo yo?
Sin encontrarme contigo en el espacio,
Pero siempre amarrado a tu espíritu en el tiempo.
Memorias,
Memorias y más memorias.
¿Fotografías?
Daguerrotipos de toda una vida,
Lo que fue y lo que pudo ser,

Quizás en otro tiempo.

-Benjamin.

Me gustan las mujeres

Me gustan las mujeres, no lo puedo evitar.
Me gustan las que tienen el pelo largo, como una cascada de color que baña sus hermosos rostros. Suelo pasar horas soñando despierto mientras las admiro, imaginando la maravillosa tarea de ser un pintor, intentando retratar cada fina hebra y cada dulce mechón. Para mi sería imposible crear algo tan perfecto como el pelo de una mujer.
Me gustan las mujeres de pelo corto también. No lo puedo evitar.
Me gustan altas como árboles, con una sombra agradable para capear el sol del verano, en donde pueda recostarme para que el viento me acaricie con suavidad mientras silbo una tonada, leo un buen libro, o simplemente duermo soñando.
Me gustan las mujeres bajas también. No lo puedo evitar.
Me gustan las que son soñadoras e idealistas. Poder fundir nuestras imaginaciones en fantasías y aventuras, en romances de película o en futuros alentadores es lo mejor de ellas. Saber que siempre tendrán una historia que contar es reconfortante.
Me gustan las mujeres realistas también. No lo puedo evitar.
Me gustan las que son melancólicas y tristes, porque comprendo su dolor y su soledad. Es difícil superar el pasado, y soltar las cosas que una vez uno amó es, para mi como para ellas, inhumano. Hay cierto gusto en la pena que sólo nosotros hemos entendido.
Me gustan las mujeres que son alegres también. No lo puedo evitar.
Pero de todas las mujeres, las que más me gustan son las leales y las sinceras. Ellas son las verdaderas estrellas de las constelaciones, son las lunas por las que uno suspira, y son las mujeres que uno añora cuando no están.
Me gustan las mujeres leales y sinceras. Me gustan demasiado, no lo puedo evitar.



Autor: Felipe Guzmán Bejarano.

La vida según la veo yo

A mi me enseñaron que la vida era una lucha, y que para ser feliz uno tenía que ser un buen luchador.
Nunca me gustó que me dijeran eso: una lucha, así como una competencia, una carrera, etc., implica que tiene que haber un vencendor y un vencido.
A mi nunca me gustó la idea de tener que pisar los sueños de otros para poder ser feliz.
Pero al parecer mucha gente piensa de este modo, y no dudarían en aplastarme si tuvieran la oportunidad.
Es por eso, que prefiero pensar en la vida como una caminata.
Todos tienen sus propios caminos, cada uno apunta a metas distintas, pero mientras compartas tu camino con alguien más, sean amigos, sean amores, nunca estarás solo.
Caminar hacia un horizonte brillante es como debería ser la vida.
También me gusta pensar que la vida es como un gran baile.
Uno puede tropezar y caerse (al igual que cuando se lucha o cuando se camina), pero uno siempre estará rodeado de gente feliz que lo ayudará a reincorporarse al baile y a recuperar el ritmo.
Si la vida fuera una gran fiesta, estaría llena de recuerdos alegres y de risas, de amigos y de música.
Es por eso que disfruto tanto de la compañía, porque hacen de mi camino algo más cómodo, de mis bailes algo más dulces, y de mis fiestas algo más divertidas.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

lunes, 12 de agosto de 2013

Jorge Julio

Viniste una tarde
Pidiendo limosna
Con un S.O.S.
Gritando en los ojos
Con una tristeza
Ahogada en el alma.

Ellos, no sé quiénes
Te quemaron las piernas
Te cortaron el rostro
Te cerraron las puertas
Y se llevaron tu vida.

Te dí unas monedas
Te abracé y te fuiste
Arrastrando tu sombra
Sin saber que
Desde lejos
Yo me iba contigo.





















Autor: Felipe Guzmán Bejarano.

domingo, 14 de julio de 2013

Los años tristes

Todas las noches, antes de irse a dormir, Felipe recordaba a Sofía como fuera ésta años atrás: Una joven fuerte y valiente, de pecas marcadas a fuego en su tez de cristal y papel de novela. Habían pasado dos décadas ya desde que la despidió a la salida de su casa, entre los árboles que adornaban ese recuerdo tan triste. "Quiero descubrir el mundo, padre" le había dicho, antes de desaparecer de su vida.
Isabel, la esposa de Felipe, jamás se recuperó del vacío que la partida de Sofía dejó tras de sí. Se pasaba tardes enteras escribiendo cartas en la biblioteca de la casa, las cuales siempre sellaba con mucho cuidado, anotando la fecha de cada una en la esquina superior izquierda, esperando el día en que Sofía regresara y fuera capaz de leerlas. Isabel llevaba años poniendo en la mesa tres platos, con sus cubiertos correspondientes, pese a que vivía sola con su marido. Felipe prefería ignorar este hecho, hablar de su hija era tabú.
Sofía era la herida más dolorosa en la memoria de ambos, junto con la muerte de Miguel, el primogénito de la pareja. Felipe podía hablar con Isabel sobre Miguel, de cierta forma pudieron superar la tragedia gracias a la presencia de su hermana menor. Pero sobre Sofía, las cosas eran distintas: su nombre nunca más fue mencionado; corrieron las cortinas de su pieza y ésta quedó cerrada bajo llave, nadie volvió a entrar en ella, ni a ver su interior; desaparecieron sus fotos entre las cenizas de la chimenea, excepto por una que Felipe guardó siempre dentro del estuche de su violín, la cual se salvó de la inquisición. Al igual que su marido, Isabel escondió dentro del estuche de su corazón una emoción que la consumiría hasta devorar el último trazo de color en su cabellera castaña.
La mesa con tres platos era la única forma que tenía la pareja de mantener vivo el lazo que los unía en medio de la soledad de la gran casa: era la promesa de no olvidar jamás, con la conveniencia de poder olvidarlo en el curso de la cotidianidad.
Tanto Felipe como Isabel eran de vidas rutinarias. Podían pasar meses enteros siguiendo pautas llenas de actos vacíos y sin sentido, sin sentir apenas el paso del tiempo. Felipe estudiaba mapas antiguos, leía libros en ruso y compraba todos los miércoles carne en el mercado; paseaba por los extensos jardines de su casa, "La boscosa", se sentaba a conversar con las estatuas que se esparcían por su hogar. Isabel cocinaba y lavaba la ropa, planchaba y limpiaba los innumerables escondrijos de la casa; escribía cartas sin destinatario ni remitente, tejía en la cama a la luz de una vela. A Felipe lo movía el amor hacia cada pequeña cosa que había por esta tierra. Podía soportar la rutina bien, porque mientras pudiera asombrarse del viento costero y de las luciérnagas, sería capaz de distraerse del peso en sus ojeras y del fantasma de Sofía. Por su parte, a Isabel la movía una ansiedad terrible Despertaba siempre con el estómago comprimido contra sus costillas y necesitaba ordenar las cosas para aligerar su pecho destrozado; escribía las cartas como otra forma de desahogarse.
La pareja no conversaba, habían aprendido a comunicarse telepáticamente desde el día en que se conocieron, y desde que vivían solos perdieron toda capacidad de pronunciar palabra alguna. Felipe sabía de la pesadilla que habitaba en el corazón de Isabel, pero mientras ella no fuera capaz de aplacar la muerte que rondaba sus pensamientos, él no podría hacer mucho para ayudarla. Felipe era un hombre de costumbres, y nunca se le pasó por la cabeza salir con su señora fuera de "La boscosa", que parecía más un ataúd amarillo antes que una casa. Para él, la novedad no existía más que en su eterno descubrir de los colores de los árboles al atardecer.
Isabel murió un día, cuando el último mechón de su pelo encaneció. Ella había sentido esa mañana un galopar a lo lejos, y supo que su hora estaba cerca. Bajó a la biblioteca enfundada en su camisón de dormir celeste, tomó todas las cartas que había escrito, y las colocó dentro de un baúl, el cual fue bautizado con tinta en la punta de su dedo como "S". Una vez hecho esto, Isabel se desnudó. Caminó en dirección a la estatua del pequeño serafín que reposaba sobre la tumba de Miguel, y se sentó con los ojos cerrados. Pensó en su hija y en cuanto deseaba verla una última vez. En sus recuerdos, el rostro de Sofía se le apareció, y como si repentinamente hubiera alcanzado la iluminación, sintió su espíritu hervir de vitalidad, volando más allá del sol del mediodía, hacia un astro más brillante y más dorado, capaz de purificar el tiempo y el espacio mismo en que ella había vivido.
Fue en ese éxtasis, que Isabel dio su último suspiro.
Felipe supo al instante lo que sucedía, y alcanzó a ver por la ventana del segundo piso cómo su esposa desaparecía de este mundo para dejar tras de sí una rosa a los pies del ángel de mármol.



Autor: Felipe Guzmán Bejarano