sábado, 13 de febrero de 2016

Circulación

De los ojos pasamos a las manos,
Bailando besos nuestros dedos.

De las manos te fuiste a mi boca,
A mis papilas gustativas, a mis dientes:

Te degusté con deleite y placer
Los lunares, las mejillas,
Los muslos de cisne y tu olor.

De la boca partiste a mi cerebro,
Te volviste corriente electroquímica,
Neurotransmisora del amor.

Fuiste pensamiento carmesí,
Colorada representación mental
De la mirada intensa que empezó todo:

Vuelvo a tus ojos, alas rojas de tu alma;
Al húmedo deseo de tus ojos.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

miércoles, 10 de febrero de 2016

Encuentro Cercano del Cochino Tipo

Contrario a lo que podría esperarse para alguien en mi situación, el miedo no me domina, y no hay indicios de que me tiemblen las rodillas. Estoy aterrado, pero a la vez jodidamente lúcido.
Como sea, tengo tiempo para inspeccionarlo, mientras se desliza sigilosamente a mi alrededor, observándome (si es que me ve), o deleitándose (si es que en algo me aprecia). Tengo la impresión de ser un frágil jugete al alcance de un perro furibundo. 
Desprende un olor aceitoso y helado que pronto satura mi nariz, y que me fuerza a prestarle atención a su figura fantasmagórica: su piel, tan blanca que parece enfermiza, se arremolina, contagiosa, en torno a sí misma, lisa y espasmódicamente protuberante a ratos; tiene una larga cola que actúa como su cuerpo, articulándose escamosamente como el de una cobra, delgada, firme y eróticamente correosa, la cual se parte en tres apéndices al final, de cada uno de los cuales surgen tres carnocidades gruesas, grotescas y fornidas, similares a dedos sin uñas, de un violeta sutil; de su inminente dorso cuelga una bolsa rellena de fibras tensadas con una rigidez tan humana que parece una pechuga, salvo por la ausencia oportuna de cualquier imitación retorcida de pezón o areola; su cabeza (debe ser su cabeza) tiene una forma ovalada, se sostiene en lo alto de su corporalidad como un penacho de cromo resplandeciente, y aparentemente más ligero de lo que su volumen pareciera indicar; al centro de su rostro pálido y metálico, una cuenca de vitriolo negro y refulgente, del cual salen despedidas burbujas de luz que producen un efecto narcótico y surreal si se las observa con detenimiento.
Creo que emite sonidos, o pareciera que lo hace, por una voz que chirría como taladro y susurra como cortina por detrás de mis orejas, formando armonías atonales que vibran en el tabique de mi nariz.
Al cabo de un rato parece decidirse a qué hacer conmigo, atenazando sus dedos a mis brazos y pierna izquierda, cerca de mi tobillo. Es ahí que me percato que estoy desnudo. Su tacto es frío, como la cadena de un columpio en invierno. Me ase con una facilidad escalofriante, y de un rincón que no alcanzo a vislumbrar oigo un ruidito mecánico. Luego, de un chasquido, un aparato, tal vez una sonda, se introduce por mi ano, y serpentea asquerosamente por mis intestinos, causándome no dolor, sino que una comezón parecida a la picadura de varios mosquitos, las cuales se extienden por dentro de mi sistema digestivo y excretor. Como podrán imaginar, la incomodidad es desgarradora. Luego de unos segundos, el artefacto violador empieza a aumentar de temperatura, y con el cambio térmico eyaculo de forma violenta. Para mi desagradable sorpresa, mi semen sale entremezclado con sangre, creo que algún órgano se me ha roto, no puedo saberlo con certeza, porque el alienígena (demonio, ángel, o lo que sea) empieza a administrarme sus burbujas de luz vía oral, adormilando mis sentidos.
Empiezan a venírseme recuerdos a la mente, pero de forma invasiva, sin ton ni son, al compás de lo que parece ser la estática de un televisor en algún recóndito lugar de mi consciencia. Las burbujas me dejan olvidar el terror, me hacen reír por la nariz, y de mis fosas disparo chispas verdes que me nublan la vista. Creo reconocer en el rostro del monstruo una sonrisa humana, con dientes, labios, lengua juguetona, y me acuerdo de Vicente. Su ojo negro se agranda, se expande, hasta que es de mayor tamaño que su cabeza. ¿Francisca?
Conjeturo que empiezo a perder la razón. Me doy cuenta de que, con este encuentro cercano del cochino tipo, he roto todo lo que me faltaba para despedirme de todo lo despedible. Dicho de otro modo, que ahora puedo decir adiós hasta a mi virginidad anal. ¿Les hace sentido?
Eyaculo una segunda vez, más sangre, menos esperma, un poco de orina esta vez. Le hago con las cejas un gesto de "hasta nunca" a la vida y a mi dignidad, y profiero un grito de muerte que se pierde en los recovecos de la nave espacial, dejando atrás la tierra.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

sábado, 30 de enero de 2016

El Gran Teatro

Soy el único, digo, el uniquísimo hombre
Que no tiene miedo a aceptar que tiene miedo,
A aceptar mis errores, que no son pocos,
Quitándome la máscara cuando otros se le aferran.
Puedo recitar de memoria todos los mantras
Que repito en mi cabeza cuando estoy triste,
Exponiendo las espinas de mi mente púrpura,
A la vez que intento dialogar con títeres.
No exagero, el resto del mundo aparenta siempre
Confianza, seguridad, satisfacción y orgullo,
Y todos los adultos son actores, mentirosos.
Ellos no saben.
La vanidad es hueca.
La materia es hueca.
La falsa valentía es vana.

No piensen que me siento superior,
Porque estoy lleno de vacíos.
Soy una esponja, poroso,
Reteniendo líquidos
Espesos de rabia,
Injusticia social,
Ausencia de alma.
Y pesadez estomacal.
Nuestro mundo se consume
En la apariencia más populista.
Me niego a ser una marioneta más
De los poderosos, sudorosos, de siempre.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

viernes, 29 de enero de 2016

Evento Familiar

Luego de mirar microcosmos de mercurio y neón
Escondidos más allá de donde empiezan tus pupilas,
Él murmuró en tu oído promesas de amor eterno;
Tenías lágrimas rodando por tus mejillas.
Su beso fue fugaz e inesperado, luz que nace
De las entrañas de una pistola disparando en la oscuridad,
Presagiando algo siniestro tras el trueno asesino.
Tras la centella, perdiste el aire de los pulmones,
El plomo comprimiendo tu carne, huesos y alma.
Sonríe, relamiéndose una cicatriz en el labio superior,
El cañón de su arma humeante, sus manos esqueléticas,
La locura virulenta repiqueteando en lo negro de sus ojos.
Fuiste enterrada en su jardín trasero, junto a su esposa
Y junto a su hija, tu hermana, muertas ese mismo día.
Tu padre, delgado, pálido, extasiado de horror y sangre,
Te guardó para el final, dispuesto a disfrutar triunfante
Tu último llanto.
Y vaya que lo disfrutó.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

viernes, 1 de enero de 2016

Con mi Cama Basta y Sobra

No necesito mujeres
Que me amen y cuiden,
Con mi cama basta y sobra:
¿Para qué buscar abrazos,
Cuando tengo mis frazadas?
No me hacen falta besos,
Porque tengo los susurros 
Suaves de mi almohada.
Ya no quiero pechos ni pezones,
Ni sexo listo y ardiente,
Porque lo único que voy
A lamer y penetrar,
De ahora en adelante,
Serán mis sueños cuando duerma.
Con mi cama basta y sobra,
Ella me ama y yo la amo,
Nos fundimos en sensual lazo
Cada vez que me acuesto.
Por la mañana no quiero dejarla,
Por la mañana no quiero perderla,
Y estoy seguro que ella siente igual.
Mi colchón es cuanta aceptación quiero:
Se adapta a la forma de mi cuerpo,
No rechista, ni quiere cambiarme,
Me toma tal cual soy, me deja ser,
No espera de mí más de lo que doy.
Y yo no exijo más allá de lo que da.
Con mi cama basta y sobra,
Es mi futuro, presente y pasado,
No hay otra cosa en que piense de día,
No hay nada más que añore en la tarde.
Mi cama, ahora y siempre, será mi pasión.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

martes, 22 de diciembre de 2015

Lobos

Evité escribir por varias semanas,
Escapando de palabras tormentosas
Que rondaban como lobos por mi mente.
Idiota fui, que olvidé lo obvio:
Cuando no se escribe poesía,
Se vive la poesía.

Perdí mi esencia en esos días,
Olvidé cómo tener gravedad,
Dejé de respirar el mismo aire que los demás.
Cuando no se escribe poesía,
Se sangran los versos.

Los lobos me acechaban por la noche,
Me acosaban durante el día,
Invadían mis sueños y los tornaban espinas.
Cuando no se escribe poesía,
Se lloran las rimas.

Subí de peso, bajé banderas,
Caí en remolinos de desesperanza
Y quebré mi nariz más de lo debido.
Cuando no se escribe poesía,
Se muere la poesía.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

Grueso Calibre

Ni disculpas ni adioses,
No hay delicadezas
Ni nada que sea sacro.
El silencio repentino
Después de la balacera
Acalla cualquier lamento
Que yo pueda emitir.
De mis heridas brota polvo,
De mi boca, polillas,
De mis ojos, barro negro.
Yazco herido en una vereda
Bajo el peso de un abandono
De grueso calibre.
Yazco muerto como un perro muerto,
En la vereda de una ciudad muerta.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano