lunes, 1 de junio de 2015

El Cristo del 2001.

El Universo Tangente llega a su fin,
Ya no hay Muertos Manipulados,
Ni Artefacto, ni Trampa del Seguro.
El portal se ha cerrado, cesada su función,
Y el agua vuelve a ser agua.
Demos gracias a Darko por la vida nueva,
Por su justicia de fuego y su sacrificio psíquico.
Una familia pierde un hijo sagrado,
Y el mundo lo olvida en su regocijo.
El Cristo del 2001, con sus tentaciones,
Serpientes, conejos y viajes en el tiempo.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

Pasión de Apóstol

"Es el sol lo que hace al mundo girar", me dijo en esa ocasión. No entendía yo, ni las leyes de la gravedad, ni la gravedad de sus palabras, envueltas siempre en ese vapor misterioso que exhalaba entre cigarro y cigarro. Yo quería zurcir las llagas del mundo, destronar la miseria, regenerar la capa de ozono, y él me hablaba de no sé qué propiedades físicas del sistema solar, haciendo gala de lo que aprendió en sus viajes y conversaciones con eminencias de la ciencia. Parsimoniosamente me peroraba, ignorando que las lágrimas me iban a brotar.

Estuvimos varios minutos así, frente a nuestra madre falleciendo de vejez. Digo madre, pero era en realidad nuestra abuela, única pariente viva que nos quedaba, quien nos cuidara luego de la muerte de nuestros padres, nos abrigara en los inviernos, y nos inculcara desde siempre la cualidad de la observación y el respeto.

Mi hermano estaba triste, y como no sabía enfrentar la pronta partida de nuestra madre era que hablaba y hablaba sin parar sobre lo primero que se viniera a la mente. "Y mientras mayor la masa, el peso de cada cosa, mayor la atracción que ejerce". Nuestra madre sí que era un peso a ser considerado, con la fuerza con que nuestros pensamientos y corazones la rondaban día y noche, por amor tanto que le debíamos y le dábamos en los gestos pequeños de lo cotidiano.

Entonces se estaba muriendo, y mi hermano, en una suerte de letanía, repetía sus mantras científicos, como si quisiera acallar la realidad que se develaba ante nosotros. Habíamos perdido a nuestros padres, pero fue a tan temprana edad, y tanto el cariño de nuestra madre, que nunca conocimos el vacío de la muerte. Ese día íbamos a conocer la sombra grande, y cada uno de nosotros partiría después a su propio horizonte: No podríamos soportar la presencia del otro sin recordar a tan anciana mujer.

Recorrí nuestra ciudad, siguiendo un sendero invisible a los ojos, luego de enterrarla en el Cementerio General. Me senté con pordioseros, alimenté palomas, enjuagué mi ropa en callejones con botellas de agua. Bebí, mané desconcierto, increpé a desconocidos, lloré en hombros de una amiga. Pasadas varias horas, regresé al cementerio con más flores. Desde esa tarde, no supe más de mi hermano.

Varios meses después, algo más asimilado el fin de la vida de mi madre, empecé a cantar en plazas, conversé con almas en pena, y empecé a sanar a los heridos de corazón. Mi abuela habría de vivir por medio de mis acciones, y yo repetiría sus prodigios como si fuera apóstol de esa Cristo femenina.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

martes, 26 de mayo de 2015

Palabras para el Sendero y tu Compañía

Ay, que te lamentas del camino largo ante nosotros,
Ansías presurosa llegar a tu destino soñado.
Yo te digo, amiga mía, que el sendero es grato,
Y tu compañía un regalo de plata y flores.
He visto tu rostro brillar con la fuerza del otoño,
Y en tu voz reconozco una frescura imposible.
Haces que me mane agua de estrella en abundancia,
Brisas mi corazón con las maravillas del silencio,
Con la magia de tus trazos, la delicadeza de tus ojos.
Quiero cantarle al cielo y a las nubes del frío
Que eres tanto luz de la mañana como la primera hora de oscuridad.
Eres hogar de mis tristezas y alegrías,
Guardiana de todas mis espadas y acordeones.
Pálida, en tu callar hay más decir que en todo el saber humano.

Y sin embargo te sabes triste y mísera en tu andar,
Indefensa ante bestias y a merced de los elementos.
Pero no olvides nunca, amada compañera, que no estás sola.
Te atraviesan como a mi estacas de hielo negro,
Tus tempestades del alma las comparto,
Yo cabalgo junto a ti bajo esta lluvia también.
Te acompaño rumbo al sol,
Te guiaré cuando el mar nos sepulte,
Y te seguiré cuando descubras esa decisión que tienes dormida.
Tenemos tiempo para aprender a caminar nuestras vidas,
Y quiero hacer de este un viaje inolvidable contigo.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

viernes, 15 de mayo de 2015

Conjunto de Sandeces de Inspiración Hare Krsna

El sueño purifica lo que en la vigilia se contamina,
Reparando los dolores, significando los sinsentidos,
Forjando historias al revolver de revés la consciencia.
Dormir es acto devocional de adoración al Yajña-Pati:
Todo occidental cree que perder horas sin trabajarlas
Es un sacrificio en pos del cuidado del cuerpo material.
Si tomamos lo anterior como cierto, o como poco falso,
Podríamos llegar a razonar que este sacrificio voluntario,
Si es hecho como un acto de servicio con consciencia de Krsna,
Le agrada y le satisface, lo que nos liberará del karma
Y otorgará la verdadera felicidad a nuestra alma inmortal.
Ergo, dormir nos da posibilidad de trascender como Gudakesa,
Y soñar es regresar con Sri-Sri-Sri-Sri-Sri-Visnu.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

La Sexta Bestia

La araña de la angustia que pende sobre mi cabeza
Desde su tela de aterradora acróbata me espanta,
Sus terribles patas infinitas, sus cuchillas heladas,
Su saco de veneno que esparce por mi garganta.
No puedo escapármele, sus ojos están en todas partes,
Observándome desde rincones imposibles,
Susurrando con su lengua plateada maldiciones
Que me parten la voluntad y derraman mis pensamientos.
Su mordedura fría como el hielo y larga como el silencio,
Deja marcas de fuego que no me dejarán aun después
De que logre darle muerte a esta sombra del infierno.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

martes, 12 de mayo de 2015

Fogata

Crujir y chisporrotear,
Madera del sur y fuego.
La vida no es más que
Crujir y chisporrotear
En una fogata enorme,
En la noche del tiempo.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

Responsabilidades

Sueltas las bestias negras del desierto,
Con sus bofetadas de arena y alaridos
Me atacan sin darme respiro ni descanso.
Son los perros furiosos del asfalto,
Que derraman sangre de sus hozicos romos,
Y derriten con sus ojos de acero los míos.
Los verdugos me acechan tras las esquinas,
Me miran desde dentro de mis espejos,
Saben mis rutinas y atacan cuando me duermo.
No me dejan pegar ojo,
Me tienen corriendo de un lado para otro,
Porque les tengo un pavor inmenso,
Pero más aún porque me inyectan sistemáticamente
Una manía y celeridad mental de la que no hay cura.
Termino cada día echando espuma por la boca,
Encorvado en el suelo, espasmódico,
Y preguntándome cuánto tiempo me faltará
Para convertirme en uno más de ellos.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano