martes, 18 de marzo de 2014

Imposible que me espante

Me has dado el regalo más fiero,
El don más costoso,
Aquél que más quiero.

Temblaste, tu voz se intensificó,
Cuando me hablaste del miedo,
Del temor que por años te mortificó.

Sin saberlo,
O quizás lo sabías muy bien,
Abriste una puerta en tu corazón,
Y una ventana en tu sien,
Para dejarme entrar,
Como viento de zafiro,
A conocer la fragilidad escondida
Que de ti querías alejar.

Ahora, que he visto lo ilegible,
Puedo decir con propiedad,
Con mi voz de sinceridad,
Que eres la mujer sensible,
Dulce y encantadora,
Que por dentro es nadadora,
Estrella y lucero brillante,
¡Imposible que me espante!

Si con esa risa andante,
Con tus intenciones tan bellas,
¡Imposible que me espante!


Autor: Felipe Guzmán Bejarano


Cerdo y Sapa Urbanos

Un hombre gordo camina tarareando una canción.
Es tan gordo que parece un chancho,
¡Si hasta se le ve la cola por debajo del terno!
Cuando lo veo pasar, dando grandes zancadas,
Noto con sorpresa que se desprende de él
Un suave perfume a flores y fruta.
Tan dulce es la fragancia,
Que de haberlo olido antes que visto,
Hubiera creído que era una mariposa,
Y no un marrano.

Con una pezuña recoge un envoltorio del suelo,
Y tras examinarlo, no se lo come,
Para mi perplejidad,
Botándolo en su lugar en un basurero cercano.
¡Quien lo viera tan porcino y tan limpio!
El hombre gordo camina frente a mi,
Y lo sigo atento, por entre viejas urracas,
Jóvenes aleonados, y elegantes jirafas.

Se encuentra con quien, supongo yo, es su señora:
Una mujer gorda vestida de verde moteado.
Es tan gorda, que parece un sapo obeso,
¡Si hasta se le ven las membranas entre los dedos!
Se dan tierno beso, entrelazan sus brazos,
Y más que caminar, bailan hacia la entrada de un edificio.
Desaparecen tras la puerta de su corralito,
Probablemente a hacer chanchadas,
Y a sapear a quienes caminan por debajo de su balcón.

Me pregunto si sus hijos tendrán ancas de rana,
O por el contrario, jamón serrano en vez de piernas.

Sólo sé que al recordar sus papadas,
Empiezo a toser con arcadas.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

domingo, 16 de marzo de 2014

Disipada

Seis años han pasado desde que llegaste,
Tres de que te fuiste a otros mares.
Me dije que nunca te perdonaría,
Y por eso te recordé siempre con odio.
Pero con el tiempo,
Con el paso de los otoños,
Fuiste desapareciendo de mi memoria,
Lentamente,
Como la niebla matutina,
Sin que lo percibiera realmente,
Hasta que ya no estuviste ahí.
Primero tus hombros se esfumaron,
Blancas rocas de acero inmenso.
Luego tus rodillas de fantasma.
La punta de los pies, el pelo silencioso,
Tu pecho de tinieblas y erotismo asqueroso.
Te fuiste desvaneciendo, poco a poco,
Hasta que sólo quedaron tus ojos
Como dos soles negros,
Uno de muerte y el otro de tabaco.
En una explosión telúrica,
Se desgarraron en infinitas esquirlas de polvo,
En gotas de rocío ácido.
Y te fuiste, ya no existes.
Ahora que tu mirada no se posa en mi nuca,
Puedo ser libre.
¡Libre!
Me atrevo a decir tu nombre.
¡Y más que decirlo, gritarlo!
Francisca.
¡Francisca!
Mujer rata, niña arisca.
¡¡Francisca!!
Así es, nieve de arenisca,
Mueble desgastado,
¡Serpiente con ojos de avispa!
Por fin entraste a ese sarcófago
Que te pertenecía antes de nacer.
Adiós, buen viaje, hasta la vista.
Feliz estoy de haberte perdido la pista.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

sábado, 15 de marzo de 2014

La Ciudad de los Gatos

Ésta era una ciudad sin calles,
Compuesta por tejados infinitos bajo el sol.
Bares sí que habían,
También autobuses,
Y alguno que otro semáforo.
Sólo los gatos vivían ahí,
Y para la sorpresa de los forasteros,
Era un lugar bastante limpio y ordenado.
Y esto era así, porque en el colegio felino
Enseñaban desde pequeños a sus crías
A dejar las bolas de pelo en los baños.
La ciudad estaba convenientemente lejos,
Arriba en la montaña, cerca de un campo amarillo,
Donde los gatos iban de vacaciones a cazar ratones.
Los gatos ejecutivos vestían con ternos de alta costura.
Y caminaban orgullosos,
Sin mirar a los gatos vagabundos.
Todos los trabajos eran exigentes,
Pero los gatos siempre podían contar con dormir la siesta,
A eso de las 4 de la tarde,
La cual duraba al menos 2 horas.
Está de más decir que la vida nocturna
Era para trabajar,
Y que durante el día descansaban.
Los gatos políticos debatían,
Quizás más de lo que debían,
Sobre la legalidad de la hierba gatuna,
Mientras que los estudiantes marchaban
No a protestar, no:
Iban en tropel a la pescadería
Después de sus clases.
No habían matrimonios,
Los gatos se metían con cualquier gata,
Motivo por el cual tampoco habían prostíbulos,
Lamentablemente.
El negocio más rentable,
En aquella ciudad de Agosto,
Era el comercio de las bolas de estambre.
Los gatos no veían la tele,
Preferían leer el periódico.
Pero eran amantes del cine.
Enamoradizos como ellos solos,
Los artistas, los músicos, los actores ambulantes,
Todos ellos abundaban,
Repartiendo generosamente su magia.
Sin embargo, gatos abogados e ingenieros,
Médicos y psicólogos, no eran minoría tampoco.
Una vez tuvieron un golpe militar,
En donde murieron muchos gatos,
Otros tantos quedaron desaparecidos
Después de detenciones a mitad de la noche.
Afortunadamente, el ejército se disolvió
Cuando sus actos de crueldad afectaron,
De manera severa,
A la producción de la arena para gatos.
Los gatos de esa ciudad,
Con sus ojos de esmeralda,
Sus pelajes camaleónicos,
Eran todos hijos bastardos,
De padres desconocidos.
Pero eso no impidió nunca
Que un gato de buen corazón
Tratase a un minino,
Del modo en que trataría, hoy,
Un padre humano, a su hijo humano.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

No Tocar

Paseábame yo por una galería de arte, en algún rincón de esta capital contradictoria, mirando con detención cuadros y pinturas de una delicadez exquisita, cuando mi atención se posa sobre un pequeño letrero de un amarillo desgastado, el cual rezaba, créanlo o no, "Favor NO TOCAR las pinturas".
Esas palabras me indignaron, me sentí herido y pasado a llevar.
¿Cómo pretenden que no acaricie algo que me tocó en lo más hondo? Aquello que caló en mi fuero interno y que dejó su huella en mi alma, es una crueldad que no pueda ser tocado de vuelta. No pienso romper, ni ensuciar, menos aún violar la obra, sólo pretendía hacerle un mimo, rozar sus marcos con ternura. Demostrar con un gesto íntimo mi agradecimiento infinito.
Mis pies firmes en el suelo, frente al cartelito infame, pero mi mente volando lejos, pensando, sintiendo.
Me dije a mi mismo, "¡Qué perversos son los músicos! Creando esas melodías eternas, que hieren o elevan el espíritu humano, esas voluptuosidades musicales, esas turgencias del sonido, tan lejanas, pero tan adentro." Debe ser por eso que alguna brillante persona inventó el baile, para intentar asir esa invisible magia que es la música, que siempre se escapa a las palabras y que abunda en las rocas y los poemas.
Me acordé de mis libros. ¡Ah, mis hermosas novelas! ¿Quién no se ha conmovido hasta las lágrimas, quién no se ha emocionado profundamente con la lectura? ¡Cuántos mundos encierran las páginas de papel fogoso! Acostumbro a acariciar, oler y besar los libros que más me han enamorado.
Por eso, concluyo, si algo me toca en lo hondo, merece ser tocado de vuelta.
Es lo justo.
Por eso, no te asustes si es que pido tomarte de la mano.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano

viernes, 14 de marzo de 2014

Masturbación

Fiebre, obsesión enfermiza, manos impacientes que esperan desenterrar carne a palmadas siniestras, como sacudiendo con violencia cuchillos venenosos. Temblores en los hombros, fría gota de sudor que recorre la espalda, mirada perdida en visiones autoeróticas, en pensamientos perversos. Sangre de ángeles que se escurre por entre las rendijas de las persianas salpica las sábanas, destruyendo con su ardor cualquier recuerdo de niñez, desbaratando la inocencia, endureciendo toda emoción. Y el trance maldito nos convierte en máquinas, que parecen bailar presa de convulsiones y espasmos de tobillos. Algo dentro nuestro nos dice que ya es hora, y como volcanes de hueso y pasión se desprende de nuestro núcleo mismo el magma escurridizo y perturbante que tanto anhelamos. Fuego. Muere la ceniza, calcinada entre los dedos, despedida hacia el útero invisible de las estrellas lejanas. Entre jadeos e improperios, los ojos cerrados por el placer mortífero, el mecanismo animal cesa su sacudida, y procede a encogerse, lenta y constantemente, vaciando el corazón, vejiga y mente, reduciéndose y doblándose sobre sí mismo hasta que la piel se desgarra en silencio y se cae en la inconsciencia del no ser.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

Camila

Quiero hacerte, Camila, un regalo,
Por ser amiga real y sincera.
Escribo estos versos sobre ti,
Buscando sacarte una sonrisa verdadera.

Perdóname, no te enojes,
Si te llamo avestruz magnética,
Cebra multifacética,
O alpaca que no encoje,
Pero, ¿quién no ha pensado en ti
Como se piensa en un delfín estelar?

Si desatas tu dulzura intensa
Con esos abrazos azucarados
Y con tus hilarantes ojos de chocolate,
Es imposible que no me muera de diabetes.

El color de tu ropa lo usas para expresarte:
El rojo para arrojar a la basura los temores;
El azul para asolear con ternura al triste;
El verde para ver al mar brillando a lo lejos;
El amarillo, simplemente, para amar.

Quiero darte, Camila, este regalo,
Porque sin tu matemática loca,
Sin tus pelos rulientos e ilógicos,
Nadie sería hoy, digo yo,
Feliz realemente.

Autor: Felipe Guzmán Bejarano