Quiero hacerte, Camila, un regalo,
Por ser amiga real y sincera.
Escribo estos versos sobre ti,
Buscando sacarte una sonrisa verdadera.
Perdóname, no te enojes,
Si te llamo avestruz magnética,
Cebra multifacética,
O alpaca que no encoje,
Pero, ¿quién no ha pensado en ti
Como se piensa en un delfín estelar?
Si desatas tu dulzura intensa
Con esos abrazos azucarados
Y con tus hilarantes ojos de chocolate,
Es imposible que no me muera de diabetes.
El color de tu ropa lo usas para expresarte:
El rojo para arrojar a la basura los temores;
El azul para asolear con ternura al triste;
El verde para ver al mar brillando a lo lejos;
El amarillo, simplemente, para amar.
Quiero darte, Camila, este regalo,
Porque sin tu matemática loca,
Sin tus pelos rulientos e ilógicos,
Nadie sería hoy, digo yo,
Feliz realemente.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
La Vida Nace de Mí ~ Es un proyecto que recolecta las creaciones artísticas y reflexiones del poeta chileno Felipe Guzmán Bejarano, y que cuenta con las colaboraciones ocasionales de sus amistades. Las emociones y su profundidad infinita son un universo por descubrir, y el autor invita a sus lectores a embarcarse en la aventura, a veces deleitante, otras tantas terrorífica, de conocer el contenido del propio corazón.
viernes, 14 de marzo de 2014
jueves, 13 de marzo de 2014
Don Carlos
Caballero de gesto gentil,
Corcel valiente y armadura de marfil.
Quijotescos ideales,
Y espada roja contra los males,
Siempre tiene una sonrisa para los leales,
El niño, el loco, el pobre y el senil.
Hombre del mañana,
Hijo del sol.
Héroe de mil batallas,
Hidalgo de Dios.
Campeón de leyenda,
No abandones tu noble senda.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
Corcel valiente y armadura de marfil.
Quijotescos ideales,
Y espada roja contra los males,
Siempre tiene una sonrisa para los leales,
El niño, el loco, el pobre y el senil.
Hombre del mañana,
Hijo del sol.
Héroe de mil batallas,
Hidalgo de Dios.
Campeón de leyenda,
No abandones tu noble senda.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
Caminando Juntos
Voy por un camino
De mariposas amarillas
Los ojos soñolientos
La sonrisa descubierta
El sol me limpia
El viento me purifica
A través del aire me llega
El dulce aroma del mañana
Esa fragancia sencilla
A pasto mojado y luna
Cien caricias en mi piel
Dan tus aguas por segundo
Cien alfombras de papel
Se asoman por un libro
Que espera por ser presa mía
Y llenar de alegría mi vida
Llenar de canciones mi alegría
Colmar con tu voz las canciones
Saciar de esperanza tu garganta
De rosa y de ángel dichoso
Los relojes en silencio
Esperan expectantes a vernos danzar
Cuando den las doce y seis
Saldrán las palomas a ronronear
Y sus movimientos locos de cabeza
Nos harán reír
Yo sé quizás no mucho
Pero hay un río allá afuera
Que está esperando tus pies desnudos
Mis brazos hundidos en su abrazo blanco
Nuestros pelos dorados bajo la luz
De un cálido mañana
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
A pasto mojado y luna
Cien caricias en mi piel
Dan tus aguas por segundo
Cien alfombras de papel
Se asoman por un libro
Que espera por ser presa mía
Y llenar de alegría mi vida
Llenar de canciones mi alegría
Colmar con tu voz las canciones
Saciar de esperanza tu garganta
De rosa y de ángel dichoso
Los relojes en silencio
Esperan expectantes a vernos danzar
Cuando den las doce y seis
Saldrán las palomas a ronronear
Y sus movimientos locos de cabeza
Nos harán reír
Yo sé quizás no mucho
Pero hay un río allá afuera
Que está esperando tus pies desnudos
Mis brazos hundidos en su abrazo blanco
Nuestros pelos dorados bajo la luz
De un cálido mañana
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
sábado, 8 de marzo de 2014
Los Labios más Rojos
Mi corazón es un campo,
Y tú eres la primavera:
Me llenas de vida,
Devuelves el calor a mi pecho;
Llenas de flores y luces
Lo que antes era nieve en mi lecho.
Mi mente es un pájaro,
Y tú eres dulce viento:
Me impulsas, me elevas,
Me llevas alto, junto al sol;
Eres el cielo que surco,
Eres las nubes, eres celeste canción.
Mi espíritu es un barco,
Y tú eres el suave mar:
Me meces, me sostienes,
Y con tus olas de zafiro me agitas;
Con tus perlas y caracolas,
Eres el azul que en mí habita.
Eres pasto, árbol, uva y vino rojo,
Eres tierra fina, luna y plata en remojo.
De noche eres la estrella que para guiarme escojo,
Eres la niña de los labios más rojos.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
Y tú eres la primavera:
Me llenas de vida,
Devuelves el calor a mi pecho;
Llenas de flores y luces
Lo que antes era nieve en mi lecho.
Mi mente es un pájaro,
Y tú eres dulce viento:
Me impulsas, me elevas,
Me llevas alto, junto al sol;
Eres el cielo que surco,
Eres las nubes, eres celeste canción.
Mi espíritu es un barco,
Y tú eres el suave mar:
Me meces, me sostienes,
Y con tus olas de zafiro me agitas;
Con tus perlas y caracolas,
Eres el azul que en mí habita.
Eres pasto, árbol, uva y vino rojo,
Eres tierra fina, luna y plata en remojo.
De noche eres la estrella que para guiarme escojo,
Eres la niña de los labios más rojos.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
viernes, 7 de marzo de 2014
Del Humo al Hombre
Vuelan las sombras lejos de aquí,
Se van corriendo las noches azules.
El viento se llena de soles y abedules,
Y la fragancia del día me recuerda a ti.
Tus ojos no son otra cosa más que primavera,
La luz que despiden son flores, son rosas.
Se embellece todo lo que en tu mirada se posa,
Pues para mí, tu eres la estrella, la mujer primera.
El crepitar del fuego susurra tu nombre,
En las llamas, tu pasión escondida.
Tu toque sanó todas mis heridas,
Por ti dejo de ser humo, para volver a ser hombre.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
Se van corriendo las noches azules.
El viento se llena de soles y abedules,
Y la fragancia del día me recuerda a ti.
Tus ojos no son otra cosa más que primavera,
La luz que despiden son flores, son rosas.
Se embellece todo lo que en tu mirada se posa,
Pues para mí, tu eres la estrella, la mujer primera.
El crepitar del fuego susurra tu nombre,
En las llamas, tu pasión escondida.
Tu toque sanó todas mis heridas,
Por ti dejo de ser humo, para volver a ser hombre.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
miércoles, 5 de marzo de 2014
La Nieve
Era un furioso sol de Marzo el que golpeaba el mundo ese día, con la fuerza de un dios que despierta con una rabieta monumental. Sin embargo, los potentes rayos de luz se veían ensuavecidos y acunados por los brazos infinitos de los árboles que rodeaban al joven, creando delgadas, aunque deliciosas, sombras amarillas que bañaban el camino invisible por el que deambulaba. La respiración pesada, la mente despejada, los hombros morenos cargaban con el peso de una mochila de aspecto olvidado. La camisa vuelta una segunda piel, el sudor recorría su cuerpo con la misma insistencia de la sangre en sus venas.
Caminaba sin rumbo, subiendo, siempre buscando la altura, rodeando rocas que bien podrían haber sido monolitos de eras antiguas. El bosque se esparcía por kilómetros a la redonda, según juzgó al darse la vuelta para admirar el valle que tenía a sus pies. Horas atrás, había entrado en esa tierra mística de la que tantas historias había escuchado. Troncos, arbustos, hojas, capullos, un infierno del más silencioso verde y del más sereno café que se expandía en todas direcciones. Para un hombre que nació y creció en el mar, el Monte de las Edades era un universo incomprensible de raíces que se retorcían como las entrañas vivas de la tierra, y de piedras que salpicaban el suelo de un gris musgoso.
El aleteo esporádico de pájaros desconocidos que alzaban vuelo por entre las ramas solía mantenerlo atento, pero le resultaba desconcertante la ausencia de animales y bestias peligrosas, que creía más abundantes, más ansiosas de carne fresca, como advertían las leyendas. Las piernas del joven le dolían, luego de haber caminado días sin parar, atravesando los Pastizales del Fin, pero de cierta forma el cansancio le resultaba sostenible mientras se mantuviera en movimiento.
Primero lo escuchó, despacio, lejano, pero insistente. Luego lo olió, la humedad mojando su espíritu y operando como un bálsamo sobre su piel agotada. Dejó que sus sentidos lo guiaran, hasta que encontró un riachuelo que bajaba por la ladera del cerro, el cual cruzaba entre los árboles con delicadeza, despejando el cielo sobre su cabeza. El calor resultaba aplastante, y no tardó en remojarse el rostro orgulloso, el pelo negro, los brazos fuertes, los pies desgastados. Llenó una pequeña bolsa de cuero con el líquido revitalizante, y tras calzarse las botas oscuras nuevamente, reanudó la marcha.
Anduvo unas horas siguiendo el curso del agua, su vieja amiga, río arriba. Llegó a una ladera que parecía reducir la inclinación, en la cual había un pequeño claro natural. Las nubes empezaban a plagar el cielo, mientras que la hora del atardecer se acercaba implacablemente. Entonces la vio. Una enorme pared de vegetación, de zarzas, espinas y púas, junto a rocas afiladas y gruesos troncos con la dureza del acero. Detrás de ese muro insalvable, las copas lejanas de los árboles parecían querer ocultar lo que él estaba buscando: el blanco corazón de la montaña, el alma de los perdidos, la hija del invierno, la madre de los lobos; aquella sustancia perdida que llamaban La Nieve. La impresión de lo que tenía ante sus ojos incrédulos lo botó de rodillas. "Pronto podré hacerlo", pensó el joven. Sólo tenía que atravesar el obstáculo que tenía en frente, caminar uno o dos días más, y lo habría logrado.
Cuando consiguió levantarse y avanzar unos cuantos pasos, sintió un repentino escalofrío, y al parpadear notó que todo lo que tenía frente a él había cambiado, como si un encanto se hubiera roto, como si un velo que le cubría la mirada hubiera caído: cadáveres esparcidos por doquier; cuervos cruentos que se peleaban por trozos de carroña y armadura de antiguos hombres; fuego en el cielo y veneno que corroía el suelo; la garganta lacerante y sedienta, la cantimplora vacía; la luna roja brillando inquietantemente por sobre la cúspide nevada del Monte de las Edades; y lo más aterrador, unos ojos lobunos, un aullido agudo delante suyo, y el gruñido de diez demonios a su espalda. El joven desenvainó su cuchillo.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
martes, 4 de marzo de 2014
Con amor, para Cristobal
Hermano de mi alma, Cristobal de mi vida,
La noche regaló sus estrellas más bellas el día que naciste para pintarte el corazón,
La montaña donó su nieve más blanca para llenar de canciones tu mirada,
El sol coronó tu frente con las luces de un atardecer de verano frente al mar.
Cuando llegaste, nuestra casa floreció,
Nuestras ventanas mostraron ciudades distintas cada mañana,
Las alfombras parecían bailar como peces al ritmo de música invisible.
Las paredes se vistieron de azules, celestes y verdes, felices de recibirte.
Con tu sonrisa burlona, tus ojos sinceros,
Desafías a la crueldad del mundo, luchas contra la injusticia,
Invitas al cambio al villano, reduces a polvo las maldades.
Tu risa derriba toda barrera y trae consigo la vitalidad de los bosques.
Sombras y miedos no habrán a tu paso,
Solo calor y el dulce abrazo de tu voz.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
La noche regaló sus estrellas más bellas el día que naciste para pintarte el corazón,
La montaña donó su nieve más blanca para llenar de canciones tu mirada,
El sol coronó tu frente con las luces de un atardecer de verano frente al mar.
Cuando llegaste, nuestra casa floreció,
Nuestras ventanas mostraron ciudades distintas cada mañana,
Las alfombras parecían bailar como peces al ritmo de música invisible.
Las paredes se vistieron de azules, celestes y verdes, felices de recibirte.
Con tu sonrisa burlona, tus ojos sinceros,
Desafías a la crueldad del mundo, luchas contra la injusticia,
Invitas al cambio al villano, reduces a polvo las maldades.
Tu risa derriba toda barrera y trae consigo la vitalidad de los bosques.
Sombras y miedos no habrán a tu paso,
Solo calor y el dulce abrazo de tu voz.
Autor: Felipe Guzmán Bejarano
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