domingo, 7 de abril de 2013

Una mancha de pintura en un cuadro muy grande

El viento bajaba por la calle, remeciendo los paraguas mojados y los árboles deshojados. El joven se había sentado en los escalones de entrada de un edificio antiguo, y miraba a los hombres y mujeres pasar con lentitud frente a él. Las nubes emitían un resplandor tenue y gris, mientras las gotas de lluvia se confundían con sus lágrimas. Se había sacado el abrigo, y el frío lo envolvía con una suavidad estremecedora. Nadie parecía percatarse de su presencia, y el se sentía como una mancha de pintura en un cuadro muy grande.
Los truenos empezaron a retumbar en los vidrios de la ciudad, y los corazones de todos en ella daban vuelcos con cada estruendo. Al sexto estallido de electricidad, el joven se levantó con fuerza y empezó a correr apresurado, mientras el granizo le perforaba la piel. Parecía que estaba persiguiendo un sueño que estaba por desvanecerse. Corrió por entre callejones y edificios en mal estado, veredas y calles de adoquines. Su cabeza estaba latiendo con señales de fiebre, y su corazón amenazaba con resquebrajarse. Era paradójico que alguien tan frágil y destrozado pudiese correr con tanta energía y vitalidad. Al cabo de unos minutos, se detuvo frente a una plaza vacía, y ahí pudo sentir esa soledad que habitaba en él. Pero un punto luminiscente se encendió en su mente cuando vio unas manos blancas sosteniendo un paraguas negro. Había una joven de pie, quieta, mirándolo fijamente desde el centro de la plaza. Él la reconoció, y las lágrimas y el dolor, el pesar dentro de su cuerpo se apagaron, como si el tiempo hubiera desaparecido. El joven le sonrió, y le extendió la mano. Ella dio media vuelta, y se alejó de él, mientras se adentraba en la niebla de Junio. Él todavía la recordaba, pero ella se había olvidado de el hace años.


Autor: Felipe Guzmán B.

sábado, 30 de marzo de 2013

Mariana

No había caminado mucho cuando ese escalofrío la invadió de nuevo. Era Clara, su abuela que había fallecido hace 13 años. Saludó como de costumbre y preguntó sobre cómo estaba la familia y cómo iban las cosas en la casa. Solía alargar las conversaciones durante una hora, preguntando por el padre de Mariana, hablando de su padre, suspiro y luego más preguntas sobre él. Mariana hacía esfuerzos inhumanos por mantener la paciencia durante sus charlas diarias, a veces no soportaba un minuto más y la encerraba en el armario durante horas, hasta que su papá la encontraba hablando sola mientras jugaba con tableros de mesa y acompañada de una pequeña linterna.
Luis creyó al principio que los accidentes del fantasma de su madre eran casuales, ocurrencias de ella, pero con el tiempo se fue repitiendo cada vez más, al punto que cada vez que llegaba del trabajo lo primero que hacía era revisar el armario en busca de su progenitora. Un día cuando descubrió en el acto a Mariana empujando a su abuela Clara junto al Monopoly, saltó hecho una fiera sobre su hija, gritándole desde promesas de llevarla a un convento hasta enseñanzas sobre no encerrar a parientes en armarios porque era de maleducados.
Mariana no volvió a encerrar su abuela, el reto de su padre habría de formar una semillita en su interior que seguiría creciendo hasta llevarla a una sola idea: ser monja. Cuando Carla escuchó la petición de su hija, pensó que solo era una broma por el regaño de su padre, pero la vio tan obsesionada y frustrada por su deseo que en la semana siguiente la envió.
No hubo que esperar mucho para saber noticias de Mariana, iba a ser regresada inmediatamente por haber encerrado, en este caso, a la madre superiora, según lo sabido por un conflicto respecto a sus uñas pintadas de extravagantes colores y la aparición de un mono mascota entre sus pertenencias. Al saber la noticia, sus padres decidieron llevarla a un psicólogo  para conocer su trastorno, la única conclusión que sacaron con la fracasada visita fue que Mariana en otra vida fue una sardina con claustrofobia y esta vida era su karma por haber sido atrapada y encerrada en una lata de sardinas para el comercio ruin.
No toda la vida de Mariana fue encerrar gente en armarios, eso quedo atrás, en una infancia en la cual creía, no sin cierto orgullo, sobre su antigua condición de sardina. Cuando ya poseía diecisiete años era una mujer algo peculiar y de muchas risas. Su pelo liso no llegaba más allá de los hombros, de un tono castaño rojizo, producía una combinación extravagante con sus ojos amarillentos. Aún con la edad que tenía, a ella solo le gustaba escribir y ver como otros lo hacían también, no deseaba nada más en la vida que letras y solo letras. Su madre escandalizada le decía: "¡Falta un año para que comiences la universidad y sigues en esas estupideces!"
"No mamá, no son estupideces, son letras y son el recuerdo del amor a lo imposible" le contestaba Mariana mientras le pellizcaba las mejillas.

Un día de esos, llego un ganso a la casa y se instaló sobre la cama de Mariana, para no volver a salir de ahí. Cuando ella lo encontró le dijo "Hola" con lo que el ganso contestó "Cuac". Así comenzaron una amistad en la cual el ganso terminó hablando un español fluido y Mariana el "Gansés" de la región. A veces su familia se confundía cuando hablaban sin mostrar sus rostros, porque no tenían idea si quien les hablaba era su hija o la mascota. El ganso se llamo Sardina, en honor a la vida pasada de Mariana y como con esta, la mascota se conmovió. 

Autora: Piri

miércoles, 20 de marzo de 2013

Mientras me besas

Tómame con fuerza,
No me sueltes la mano,
Que me pierdo en el oleaje de tu cuerpo,
En las ráfagas de tu pelo.
No me sueltes, que me desvanezco mientras me besas,
Y pareciera que regreso a esa tarde,
Donde, sentada en el horizonte, te encontré.
Dorada tu piel bajo mis labios,
Divino tu frágil cuerpo
En ese momento en que encontramos el sentido.
Esa noche me di cuenta,
De que el mar suena con fuerza dentro de ti.


Autor: Felipe Guzmán B.

lunes, 4 de febrero de 2013

La nube de mis pesadillas

Adriana solo fue una nube que cubrió mi sol, una nube y nada más. Me gustaría poder decir que su sombra ya no cubre mi presente, pero el pasado sigue siendo doloroso. Ella fue mi excusa favorita para sufrir, supongo que en el fondo me volví adicto a la tristeza. Por mucho tiempo pensé en Adriana como en una noche de invierno, pero olvidé que nunca es noche por siempre en la vida. Ahora, el día en que la olvide se acerca, pero me temo que si la pierdo nunca más podré ser el mismo. Lo que un día fue amistad, hoy es enfermedad. Si abandono la locura, si destruyo esta fiebre que oprime mi alma, ¿Qué será de mí? ¿Cómo podría perdonarme por olvidarla de la forma en que me olvidó? ¿Quién podría confiar en mi si lo hiciera? La noche ya no es noche, y Adriana solo fue una nube que escondió mi sol, y esa nube ya se ha ido.


Autor: Felipe Guzmán

sábado, 29 de diciembre de 2012

Imagen Surrealista

Y así, pensando solamente en tus labios, hice promesas tan rápido como las deshacía, buscando que esa sonrisa tuya se asomase por última vez. A tu paso la naturaleza nació y murió bajo el capricho de tus emociones fugaces y alocadas. El agua se detuvo a escucharte, el viento se agitó al transportar tu aroma dulce y fragante. El hielo desapareció por un instante, esperando en éxtasis tus palabras. Las calles y las farolas comenzaron a brillar y los letreros apagaron sus luces rojas de neón. Del cielo llovió fuego y de mi corazón brotó una melodía nocturna. Nuestros ojos relampaguearon, azules los tuyos, llenos de tristeza los míos. Bajo esas nubes de cristal la hora del adiós parecía una imagen surrealista, con relojes líquidos y enormes trapecios del color de esta tarde eterna. Bajo ese abrigo gris pude sentir tu piel estremecerse, como queriendo elevarse fuera de la estación de tren, lejos de la ciudad, por sobre el horizonte de invierno, en donde sería destrozada por el frío y la soledad hasta convertirse en las estrellas del ayer. Pero no dijiste nada, me miraste desesperanzada, me miraste y nada más me miraste. Las puertas se cerraron, no pude verte, el tren partió lejos, y el sonido de las ruedas chocando contra los rieles ahogó los gritos en mi mente.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano

martes, 11 de diciembre de 2012

Autorretrato

Una silueta imperceptible, una figura alta e irreconocible.
Quienes no me conocen creen en mi eterna sonrisa blanca.
La verdad, es que me río con alegría para que nadie preste atención a mis ojos negros y su tristeza crónica.
Mi figura no proyecta sombra, mis ojos no irradian luz.
Tengo las piernas firmes en el suelo, las rodillas quebradas y la espalda aplastada por ilusiones rotas,
Pero al caminar nadie escucha mis pasos.
Los brazos me cuelgan con un duro silencio, y los hombros se tensan con los ruidos de la ciudad.
Mi pecho es del color del mar, mis manos son hijas del viento.
Mi alma es libre prisionera, mi piel está agrietada.
De la nariz me gotea sangre ajena.
Si me vieras por primera vez, pensarías en mí como quien piensa en la lluvia.
Si me vieras por última vez, respirarías aliviada.
Si me vieras, Je ne sais pas, Mademoiselle.
Si je vais vivre pour la première fois,
Si je vais sombrer dans les profondeurs.
Hablo en muchos idiomas para verbergen meine Angst.
Con eso I can escape from myself when it's dark.
Si tu pudieras vedermi di nuovo, si vede che sono cresciuto.


Autor: Felipe Guzmán Bejarano.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Muerte en las Torres - Parte 2 y Final


El eterno aullido de una sirena, con sus altibajos ritmos penetro en mis oídos, en mi mente perduraba el eléctrico zumbido característico del sector de las torres. La sirena se sincronizo con el aullido incesante del nonato, tornándose así en una infernal sinfonía que se marcaba como agujas en mis tímpanos, siento la cercanía del carro policial, las vecinas comienzan a abrir las cortinas, mi silueta se remarca en el pavimento, quieto, inmóvil, ensordecido. Siento la inestabilidad de mi cuerpo, mi equilibrio torna nulo y caigo de rodillas.
-¿Porque no dejas de llorar?
- ¡Cállate!
De el vientre del cadáver de esa prostituta surge el incesante llanto intrauterino de aquel feto agonizante que lleno de ira me insulta de maneras inefables.
La sirena se siente cada vez más cercana, implorando justicia ante el crimen que he cometido, cierro los ojos y siento los golpes eléctricos que me deparan una vez que se dictamine mi condena. Un intenso dolor en las cienes, llego a la conclusión de que es a causa del acoplado sonido penetrante que me ha sometido durante lo que para mi ha sido una eternidad.
No lo soporto más. A mi costado visualizo al único testigo de mi cruento actuar, un hombre yace inconsciente en la vereda, perdido ante el abrazo de Dionisio, junto a el una tumbada botella de vino barato completamente vacía.
Extiendo mi mano.
Llegó la policía.
Tomo la botella.
El carro policial abre la puerta, desciende un oficial armado, quien siguiere me quede quieto.
En mi mente, el eterno llanto del nonato junto a aquel zumbido eléctrico. Desesperado golpeo la botella contra el pavimento, y aferrado firmemente al cuello de esta, tal como lo estuve al cuello de la mujer que ahora yace muerta a mis pies. Clavo aquella botella en mi oreja.
Sordo, desorientado, caigo desmayado mientras mi oído derecho sangra privándome de aquel llanto infernal. Se que en unas horas más estaré muerto, sucumbiré desangrado en la camilla de una ambulancia, para luego enfrentarme a quien con sus gritos me impulso a la muerte, clamando justicia por haberle privado la vida.
Fin.
Autor: Fernando Hormazabal B.